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Es curioso cómo frente a una inteligencia tan fuera de lo común, tan excepcional y magnífica como la de Vudú, se alce en el recuerdo otra no menos excepcional, la inteligencia emocional, su cariño, su inteligente y sutil manera de estar a tu lado sin percatarte de ello.

Ninguna duda acerca de la capacidad para realizar cualquier tarea, por ajena al perro que pareciera, asoma en mis recuerdos si pienso en Vudú. Para mí, Vudú representa el listón, el rango de excelencia por el que medir la inteligencia del perro de agua. Es el Michael Jordan del perro de agua. Si bien existen Magic o  Larry Bird para discutir si te gusta más uno u otro, es Michael Jordan el rasero por el que medir al deporte en su conjunto. A Vudú le precedieron perros magníficos en belleza e inteligencia, pero en su conjunto, Vudú es el perro de agua.

Obviaré las cuestiones estéticas acerca de Vudú, fuera de cualquier duda.

 La inteligencia natural de Vudú para resolver cualquier prueba que se planteara se explicaba por sí misma, pues nunca ví que el perro necesitase explicación alguna salvo “haz esto” o “haz lo otro”. Quizá el enigmático origen de su nombre mágico, unido a su característico antifaz lo dotaron de poderes únicos, pero lo cierto es que nunca un perro me ha impresionado tanto como Vudú a la hora de resolver tareas no preestablecidas, tareas que no había entrenado ni realizado nunca. A esa capacidad innata para tomar decisiones, se unía su determinación por trabajar, marca genética de la raza, que en Vudú, como en otros perros, se convertía en un juego muy intenso e incluso competitivo consigo mismo, siempre al límite. Siempre al límite porque, físicamente, Vudú era un portento. En playa o montaña, su capacidad de trabajo hasta la extenuación no tenía más límite que la voz de Rafa para decirle “se acabó”.

 

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La personalísima relación de Vudú con su dueño es difícil de explicar. Todos los que disfrutemos de la compañía de nuestro perro de agua sabemos lo especial que puede llegar a ser la relación que se establece, pero la de Vudú con Rafa trascendía más allá. El carácter mágico de la mirada de Vudú a veces parecía esconder algún secreto acerca de por qué Rafa era el dueño de Vudú, o por qué Vudú era el perro de Rafa, pero lo cierto era que Vudú fue algo más que el perro de Rafa. Su perro, su compañía, su vigilante, su enfermero, su amigo más sincero.

Esa devoción por su dueño quizá explica la maravillosa capacidad de obediencia imperturbable de Vudú. Una fidelidad inquebrantable. Microsoft y Apple aún no han encontrado el programa informático capaz de fijar una orden de manera tan clara como se quedaban las palabras de Rafa en Vudú.

 

 

 

 

Pero, como aventuré al principio, y quizá por el aura de nostalgia de haber conocido y vivido con Vudú en mi niñez y adolescencia, los recuerdos que más cerca guardo de él, además de su increíble inteligencia, son de cariño. A medida que pasaron los años, Vudú supo acomodarse a su nuevo rol dentro de la familia humana y canina. Siempre lo recuerdo riéndose boca arriba para que le rascase la barriga, a la espera de alguna perra en celo a la que montar (¡vaya vidorra de semental se dio el tío!) con el rabito a 10000 revoluciones listo para cualquier juego. También siempre listo y coqueto para una foto, nunca ví a un perro posar de manera tan profesional y natural delante de la cámara, talento innato.  Fuerte y respetado por el resto de perros hasta el final, en casa nunca  olvidó la obligación auto impuesta de agradar y estar junto a Rafa, incluso si hacía falta, cantando un Blues.  

 

 




 

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